El proceso de este trabajo involucra fotografía intervenida, impresión sobre acetato y pintura de esmaltes, láminas de acrílico.  De esta forma busqué plantear una obra fuera de sus soportes convencionales. Esto ha sido un punto de referencia que me ha permitido investigar acerca de valores estéticos formales, las técnicas de arte y el color. Una búsqueda constante.

  

EL SANTO OFICIO DE LA MEMORIA

El escritor argentino Mempo Giardinelli tiene una novela que se llama El santo oficio de la memoria, título que me resulta perfecto para nombrar este texto y para hablar sobre la obra pictórica de Carolina Convers.

Esta novela está construida como un abanico plegable. En cada pliegue una voz cuenta su propia versión de la historia familiar. Todas las voces son femeninas excepto la de un pequeño mudo que hace parte de este matriarcado.

Este personaje se convierte a lo largo de la novela, en una especie de narrador omnipresente, porque logra hilvanar su propia versión que nace de lo que ve a su alrededor, y porque gracias a su silencio es capaz de entrar al mundo de cada mujer de la que oye su historia.

La capacidad de observación aguda y del silencio que le permite oír claramente, se me figura hoy, es muy similar a la tarea que tiene el artista plástico y su voz estética. Pero más aun, el ordenamiento de esta novela se me asemeja a lo que plasma Carolina Convers en su obra.

A través de la mirada, de observar el pasado familiar se va generando una nueva historia, propia e individual que como en la literatura y en el arte, apela a la memoria colectiva e individual de cada lector y cada espectador.

Al separar los pliegues que conforman las pinturas de Carolina y donde se crea una nueva voz, se pueden identificar interrogantes formales y características temáticas que provienen de su ser artista plástica y de la apropiación de elementos, recuerdos e historias sobre la vida de las mujeres que hacen parte de su familia. 

En este proceso (que se ha materializado durante más de diez años), las imágenes se han obtenido, primero, del mundo clásico de la historia del arte – como la mujer de La Tempestad de Giorgione –, y ahora del álbum de fotos familiar, imágenes determinantes en la construcción de su propia voz estética.

Esta voz se nutre, sobre todo, de la memoria del pasado. En los primeros trabajos de la artista, las obras se construían con planos semejantes a retazos de recortes y patrones para la confección de vestidos. Esta influencia parte de una memoria ligada a su abuela materna, que junto con las demás mujeres de su familia empezaron a hacer sentir su voz con fuerza para salir a la luz.

La artista sólo debía oírlas con atención – como lo hacía el chico mudo del El santo oficio de la memoria –, para así apropiarse de sus seres y voces para encontrar la suya propia dentro del camino artístico. 

Para que estas mujeres dejen de pertenecer a una memoria individual y adquieran una memoria ubicada en la colectividad histórica de cada uno de los espectadores que se enfrentan a la obra, interviene un concepto formal que cuestiona el ser de la pintura dentro de la historia del arte. Ya no se recurren a los retazos para crear un collage dentro del espacio pictórico, porque ahora los fragmentos no buscan formar una pintura tridimensional, buscan retomar su bidimensional, desconstruyéndose y reconstruyéndose dentro de un espacio llamado pintura o cuadro.

En este proceso, primero que todo, se parte de la elección de una fotografía (una mujer, un lugar u objeto), que será modificada por medio del photoshop. Luego esta imagen se imprime en acetato, y allí se sitúan de manera tal que se ven superpuestas, fragmentadas, plegadas, distorsionadas, recortadas, multiplicadas. Es como si estuvieran dentro de un salón de espejos, o, como si el acetato funcionara como varios tipos de espejos (como los cóncavos y convexos), que le otorgan sensaciones de movimiento, continuidad, profundidad y flexibilidad a modo de pliegues en un montaje que originalmente es plano.

Por otro lado, las pinceladas de colores sólidos y brillantes, enfatizan un momento, seleccionado tal vez, emotivamente porque estos colores no pertenecen al mundo real, sino al onírico. Existen para destacar un punctum, como diría Roland Barthes. 

De esta manera, la memoria personal se converge con la memoria artística: su ser mujer y ser artista con múltiples experiencias de vida, a la elección de los materiales idóneos para plasmar sus inquietudes. Por ello no es gratuita la elección de los esmaltes y el acetato, así como tampoco lo es el recurrir a las nuevas tecnologías para mostrar una propuesta pictórica que involucra contar la memoria de la pintura como técnica, así como contarla a través de su historia personal, para convertirla en una historia global. Pasar de las instancias individuales a las colectivas, mientras resuelve los interrogantes en torno a la pintura como medio “olvidado” y “negado” por el arte contemporáneo.

O en palabras de Carolina: “Este trabajo involucra a la fotografía intervenida, plotter sobre acetato y pinturas de esmalte, para materializar un proceso en que he buscado plantear una obra fuera de su soporte, proponer una pintura o una imagen lejos de los convencionalismos y que mantuviera todas sus características. Buscar que la fotografía involucrara lo figurativo y pretender que la impresión o el plotter hicieran honor a su pasado ‘la imprenta’ y por consiguiente el grabado en el arte”.

Por eso, este trabajo es el “santo oficio de la memoria”. Cada construcción pictórica es a su vez la desconstrucción de una pintura, es volverla a hacer pero al revés, de atrás para adelante, narrarla de su instancia presente a su pasado, exponiendo todos los niveles de hechura. En los cuadros de la artista, el primer paso es darle protagonismo a la transparencia del acetato que representa al vidrio de un cuadro enmarcado, y no al plano: Es ver lo que subyace detrás del proceso de pintar, como si los cuadros estuvieran colgados del lado de atrás y el espectador tuviera acceso a ver los ensayos y errores previos a la pintura final. 

Tener acceso a la visión de todo los niveles que conforman un cuadro, es como traer todas la voces de las mujeres de su familia, y juntarlas para lograr narrar la historia completa, no sólo una versión. Pero como cada versión de la historia es contada desde la memoria, se vuelve semejante al mismo resultado de las obras.

Porque la memoria no es una entidad nítida, no se capta en un plano, sino en varios. Es maleable y flexible como el acetato, es fragmentada y está hecha de retazos, de partes de cuerpos, de lugares que se superponen o se repiten y pliegan como si fueran un abanico. La memoria construye, destruye y reconstruye al infinito, teje y desteje, arma y desarma caprichosamente, oníricamente, exageradamente, artificialmente los acontecimientos y las experiencias, como lo hace el arte mismo.

Además el arte, y en este caso la inclusión de la pintura en el proceso artístico, tiene la capacidad de transformar a los protagonistas que en un principio son “propios” en “anónimos”, ya que el espectador, a su vez, también se apropia de estas imágenes, para recontar y evocar su propia memoria. De esta manera se completa un ciclo donde cada pintura adquiere la trascendencia deseada al nutrirse de la multiplicidad de voces que la conforman y la narran al infinito (cada espectador son su propia y única versión), como sucede en la novela de Mempo Giardinelli. 

María Lucia Hernandez.

Bogota, 2009

Literatura Universidad Javeriana